miércoles, 8 de junio de 2011

Resistencia Suburbana en Dixon

Espiritualidad y sombras

Eran las 23:30hs y en la esquina de Suipacha y Güemes esta vez no se observaba una fila de personas esperando para entrar al boliche como en shows anteriores, el clima ya podía ser percibido en Willie Dixon.
Adentro el lugar estaba casi colmado, pero todavía se podía rondar por el patio. Algo para tomar, comer o fumar era la mejor propuesta a la espera de Resistencia Suburbana, pero a estos condimentos se le suma la banda invitada, Mil Razones, que justo a medianoche comienzan su ritual con una intro donde todos los músicos nos mostraron sus virtudes con buena onda y carisma, los espectadores no dejaban de mirar al escenario y bailar. Mil razones solo toco media hora, los presentes pedían más, pero Resistencia suburbana tenía que tocar.
Una noche para disfrutar, conversar, bailar, esta noche no hubo saltos ni pogo, un clima apacible, de reflexión se expresaba en el boliche.
Después de media hora de preparación del escenario, las luces disminuyen, la música de fondo deja de sonar, los autores de la noche empiezan a subir al escenario, el último en llegar fue Luís Alfa, cantante de Resistencia Suburbana, pero apenas toca su micrófono, la banda abre el telón con su música, el público abajo ovaciona, baila, grita, silba, no deja de reconocer la actitud y el profesionalismo de los iniciadores de una noche de placidez.
Temas como “Va a servir”, “Con la fuerza del mar”, “Iron Lion Zion”, “Elevar”, “Larga vida al rey”, “El leon”, “Por cultivar marihuana” y “El tren” fueron algunos de los éxitos que tocaron pasando por sus seis discos, la gente en todos sus temas respondía, un fuerte olor dulzon acompañaba esta noche de tranquilidad.
La banda en cada canción daba una reflexión, era curioso ver que cada vez que Luis mencionaba la palabra “milico” que aparece en algunos temas, el público silbaba cubriendo la voz del cantante, las manos arriba, la gente se movía de un lado al otro al compás de la música, los ventiladores se encienden, el lugar se encuentra lleno, pero aún así nuevos espectadores se suman al rito del reggae.
El trayecto de la noche siguió su ritmo, una banda reflexiva, el público siempre respondiendo, por la cantidad de personas que había no se podía casi rondar por el boliche, los espacios libres ya no eran muchos, la gente ya estaba sin abrigos, con un cigarro en la mano, en la otra un vaso de cereza o en algunas oportunidades de fernet, un poco de baile, las manos en alto, cantando y siempre ovacionando a la banda, pero también aprovechando para charlar con tus conocidos, compartiendo, disfrutando de la noche.
El templo del rock definitivamente se había convertido en el Templo del Reggae.


CARLA GULLO

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